Un barco a la deriva

21

11 2011

Gemma Marchena. Fue sin querer, lo juro. Pero estaba en casa de un familiar pasando el fin de semana en la Península y esa noche había que ver El Barco, sí o sí. Ver una serie empezada de la que apenas se tienen referencias era arriesgado. Si encima era española y de ciencia ficción, iba directa al suicidio. Y mis sospechas se confirmaron en seguida. En El Barco hay un puñado de españoles que han sobrevivido a un apocalipsis misterioso. Qué casualidad que son todos jovencitos y tienen la pile tersa y las carnes prietas. No hay feos. Con estos mimbres, a mí se me ocurre que tienen la santa obligación de perpetuar la especie humana, de la que saldrán niños marineros y guapos. Hay destellos de misterio, tipo un pato que aterriza en El Barco, lo que confirma que hay tierra firme habitable más o menos cerca. Y un tipo malvado dentro de la nave. Eso sí, no hay escasez de víveres porque las bodegas son infinitas. Una pena, porque el hambre daría más enjundia a la trama: es decir, ¿me como a Mario Casas que está más tierno o Juanjo Artero que parece más fibroso y con más sabor? Las escenas de adolescentes enamorados me sobran, lo mismo que media hora de serie alargada para albergar más anuncios. Me bastó con un capítulo, la verdad.

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