Tronos y vísceras

Nacho Jiménez. No existe una serie hoy en día tan adictiva y espectacular como Juego de tronos. Esta producción sobre las disputas entre siete reinos en un mundo de fantasía, unas ciudades que recuerdan a la Europa más antigua y despiadada, está a otro nivel. Aquí no hay simples venganzas que valgan, ni vampiros modernos que se enamoran, ni historias de amor sin sentido… Eso sí, sangre hay muchísima, a borbotones, y nunca mejor dicho. El ‘rodarán cabezas’ de Tim Burton en aquella película protagonizada por Johnny Depp que no quiero recordar suena ridículo ante los ríos de agua roja que corren por este universo ficticio que cada día suma más y más fans. Así se podría resumir la segunda temporada de este serie: sádica, sin escrúpulos y con aires de grandeza muy justificados. Sus puntos fuertes –si es que tiene alguno débil– son sus deliciosas interpretaciones, los giros argumentales que te dejan sin aliento y el empeño de sus creadores en sobrepasar los límites de la moral yanqui más conservadora (incesto, adulterio, abusos, violaciones, machismo…). Vamos, que no se andan con tonterías. Esta ficción indaga en lo mejor y lo peor del ser humano y no es más que una historia sobre eso mismo  (sentimientos, sin más), por muchas batallas y crímenes que acontezcan en sus tramas. También hace sacar lo peor de uno mismo porque, ¿quién no desea que Robb Stark corte las cabezas de la familia Lannister al completo? Yo sí. Aquí, lectores, o ganas o mueres.

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05 2012

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