El Gordo de los parados

Gemma Marchena. Si está leyendo esta columna ahora mismo, es probable que su autora, una servidora, esté sentada ante la tele viendo el sorteo de Navidad. Lo siento mucho pero es tradición. Me levanto a primerísima hora, me preparo unas tostadas de pan con aceite y azúcar (que juro que sabe a churro) y un colacao. Entonces me planto en la mesa del salón con las papeletas y billetes de lotería desplegados a mi alrededor, cuidando de que no se me pringue de aceite. Y es un placer una Navidad más desayunar con ese soniquete de los niños de San Ildefonso, repetitivo y tranquilizador, con la esperanza de que este año, sí, por fin, me toca. Me da igual que sea un quinto premio, de verdad, que yo me apaño. La mañana del 22 de diciembre siempre está llena de ilusión, más que el día de Reyes. Luego sale el Gordo y toca en Soria o en Teruel o en Cuenca y claro, me da el bajón y pienso: “Pues habrá que seguir trabajando”. Ay, que se me olvidaba; que la verdadera lotería de este año es conseguir un empleo. Pues con eso yo no me conformaba, es que salía a la calle con una botella de champán a celebrar el mejor premio que le puede tocar ahora mismo a un español. Por si acaso, tiro currículums y compro billetes de lotería, a ver si este año hay suerte.

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Telele

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12 2012

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