Sochi sale del armario

Gemma Marchena. Hay presidentes del gobierno que merecen convertirse en villanos por siempre jamás. Vladimir Putin se está ganando a pulso el nombramiento de mandatario más detestado. Anoche inauguró las Olimpiadas de Invierno en Sochi (Rusia). Como si los Juegos Invernales hubiesen importado mucho, por lo menos a aquellos países que nos situamos al sur de Finlandia. Pero he aquí que a Putin le ha dado por calentar la cita deportiva y considerar non gratos a los homosexuales dentro de sus fronteras. Está feo, de verdad. Mucho más viniendo de alguien que inspira a gamberros a dar palizas a los gays y maneja con mano de hierro a todo aquel que se opone a sus planes. Aquellos deportistas homosexuales deberán competir por las medallas y por ocultar su condición si quieren salir indemnes del país. Me resulta curioso que Putin abogue por unas olimpiadas de invierno libres de homosexualidad cuando todos sabemos que los patinadores sobre hielo van vestidos con mallas, con pedrería y marcan su musculatura mientras bailan al son de la música clásica. O el bobsley, esa competición en la que dos hombres (o cuatro), se sientan uno tras otro y montan en un trineo para deslizarse a toda velocidad. Sí, han leído bien: muy pegados entre ellos, rozando sus cuerpos en medio de la nieve… Por mucho que le pese a Putin, los gays están por todas partes y se le han colado en los Juegos y las televisiones de todo el mundo son testigo de ello.

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02 2014

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