Un benefactor infiltrado

Gemma Marchena. El programa de El Jefe Infiltrado del pasado jueves se ha revelado como un gran anuncio de dos horas, una plataforma para la promoción de la empresa. La excusa es un jefe que baja a las trincheras para ver en qué fallan sus subordinados y cuales son las posibles mejoras. En principio la idea no parece mala. Sin embargo, lo que me chirría es el final. Un director general aparca su traje y corbata para convertirse en un muchacho en busca de empleo que va probando diferentes departamentos de MRW. El directivo se escandaliza ante la presión excesiva de una jefa de sucursal que atosigaba a los empleados. O los perros que viajaban entre paquetes y que corrían peligro de morir asfixiados por golpes de calor. O un veterano que apenas había podido ver a sus hijos. Vale, está bien eso de ponerse en la piel de sus empleados. Pero me resulta desagradable la parte final, cuando el empleado se sienta asustado ante el directivo desenmascarado. Entonces le llueven premios por su buen comportamiento: unas vacaciones de un mes con la señora, un plus para pagar las gafas del niño o un curso de entrenador de fútbol. Y digo yo, ¿y si en lugar de tanto numerito teatral se pagaran sueldos decentes y horarios que permitan compatibilizar con la vida privada? Ah, pero eso no queda tan bien ante las cámaras…

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05 2014

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