Carlos Fabra

Neus Aguiló. Los informativos se hicieron eco la semana pasada de la confirmación de la condena del Supremo a Carlos Fabra a cuatro años de prisión por fraude fiscal. Para comentar la noticia, ‘Más vale tarde’ tiró de las imágenes de archivo donde Fabra y Francisco Camps inauguraban el aeropuerto sin aviones. Al volver a verlas sentí vergüenza y me vino a la mente aquello de que la realidad supera a la ficción. La noticia tiene tres años pero a juzgar por la obra de teatro allí representada bien podría tener cinco o seis décadas: un cacique aplaudido por su séquito, y lo que es más esperpéntico, con bendición incluida del obispo de Castellón. Iglesia y poder iban de la mano, como en la España de otro tiempo, anterior incluso a la de ‘Cuéntame cómo pasó’. Una España rancia y gris que se resiste a desaparecer. Personalmente, no me alegro de la entrada de nadie en prisión pero sí de que se haya hecho justicia. Algunos no comprenden por ejemplo que la gente se indigne y salga a la calle a protestar o del auge de Podemos en las elecciones europeas. Pues no es tan difícil de entender. Y es que todo huele que apesta.

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07 2014

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