¡Una taza de café, por favor!

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11 2016

Jennifer Munar. He fallado. A pesar de haber empezado el revisionado de Las chicas Gilmore antes de verano, me queda una temporada y mañana se estrenan en Netflix los nuevos episodios. Lo que me queda por delante, por tanto, no es otra cosa que un fin de semana de enfermizo maratón para poder estar lista lo antes posible. Volver a saborear la serie durante estos meses ha sido como reencontrarse con una vieja amiga, probablemente el motivo por el que la ficción ha permanecido en el imaginario colectivo todos estos años. Hay quien dirá, y se equivocará al hacerlo, que Las Chicas Gilmore no es más que una telenovela a la americana. Mi opinión, sin embargo, es diferente. Si uno se pone a analizarla se dará cuenta de que apenas pasan cosas. Más de la mitad de un episodio común son escenas de gente hablando mientras camina por la calle o come. Las Chicas Gilmore resulta cercana porque es, en el mejor sentido de la palabra, monótona. Nuestros días no suelen consistir en salvar el mundo o revolucionar Internet con nuestros inventos, sino en cumplir obligaciones laborales, cenar con amigos y ver una película en casa. Sus vidas son, dejando a un lado todas las licencias que debe tomarse una ficción, las nuestras, y por eso las queremos.
Café, café y más café para disfrutar, una vez más, de nuestras chicas preferidas.

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Telele

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