Por arte de magia

03

12 2016

Margalida Ramis. Ya hace semanas que todas las cadenas han empezado a emitir los tradicionales telefilms navideños. Y debo confesar que me enganchan, aunque estas fiestas no sean mis preferidas. Sé cómo acaban y muchos de ellos ya los he visto en más de una ocasión, pero no me puedo resistir a mirarlos. Todos siguen el mismo patrón y venden al telespectador la magia –inexistente, a mi modo de ver– de que en Navidad todo es posible. Y cuando digo todo me refiero a encontrar el trabajo de nuestros sueños, reconciliaciones familiares y la aparición de la media naranja. Y eso ocurre, sí, pero no necesariamente en esta época del año. Y aún siendo consciente de todo esto, me quedo embobada delante de la televisión cuando emiten una de estas películas. Y es que, a veces, me gusta dejar a un lado mi ‘yo’ más racional y dejarme llevar por las emociones. Soñar no es tan malo y es mucho más fácil a través de la pequeña pantalla. Durante un rato, me teletransporto a una remota localidad norteamericana o al corazón de Manhattan –escenario de estos telefilms– para participar, a mí manera, en una historia donde todo es color de rosa y las cosas suceden por arte de magia.

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Telele

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