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El sentido común de Bob Esponja

04

09 2015

Alfons Martí. La imaginación es un bien escaso y precioso en la vida humana y en sus expresiones. Entre otros méritos, la serie de Bob Esponja, tan pintoresca y casi surrealista en apariencia, puede destacar el ser revolucionaria por revelarnos cosas ciertas que olvidamos. Lecciones de sentido común tras las máscaras inofensivas y extravagantes de ardillas submarinas, capitalistas con caparazones y seres indeterminados. Entre escenas que recuerdo últimamente, me llamó la atención la que nos muestra a Patricio intentando dar lecciones de ‘artes inmóviles’ al replicante ‘incapaz de saber hacer nada’ de Bob Esponja. Patricio y el propio replicante sufren lo inimaginable, se retuercen, se funden, se rompen porque no hay manera de realmente lograr ‘no hacer nada’. Y es lo natural, mirar el reloj, desesperarse, buscar escapar.
En el s. XVIII, suave con las personas, se encerraba a la gente en prisiones para que sufrieran no tortura ni maltrato, entonces raros, sino el tedio y el desespero de ‘no hacer nada’. Vivimos un mundo tan absurdo que nos enseñan a ‘no hacer nada’ como algo maravilloso. En la serie, más fiel al sentido común de lo que se supone, el propio Patricio sucumbe al horror de enseñar artes inmóviles y el propio alumno confiesa que ‘no es capaz ni siquiera de no hacer nada’. Paradojas. Esencia del verdadero humor.

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Bob Esponja

01

06 2012

Alfons Martí. Es una serie muy explotada, coronada de un éxito abrumador que genera, como siempre, excesos como ventas de símbolos, emblemas y mitificaciones o especulaciones absurdas tipo: «¿será Bob homosexual, extraterrestre, frío o cálido en la vida real?», y sin embargo lo importante es que aún depara sorpresas y se agarra a esquemas interesantes al explotar a sus protagonistas. El episodio del martes fue un caso ilustrativo: Calamardo, el torpe narcisista rabioso y siempre duro con Bob, pretende suplantar a un famoso artista.
El esquema, conocido pero muy realista, nos muestra cómo el éxito en una sociedad masificada crea personajes que pueden ser suplantados, aunque no para siempre. Calamardo simula muy bien la capacidad verbal del talentoso artista pero un descuido, o más bien el dedo ingenuo de Bob y Patricio, le delata. Y es detenido por la policía. Un sarcasmo gracioso y más aún porque recuerda que en un mundo de imágenes y de teatralidad social, de confusiones continuas, un o una farsante que se cuide la imagen puede engañar a las masas, que a veces no sabes si el artista es el talentoso o lo es el simple simulador. En todo caso, acaba siendo descubierto. Incluso si se trata del entrañable y gracioso Calamardo.

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